Por: Emanuel Fugazzotto
El discurso de apertura de sesiones ordinarias del gobernador Alfredo Cornejo intentó consolidar una narrativa: Mendoza como un oasis de racionalidad y equilibrio en una Argentina convulsionada. Un relato prolijo, ordenado, pensado para transmitir previsibilidad. Sin embargo, detrás de las cifras de inversión récord y las promesas de alivio fiscal, aparece una grieta que el marketing oficial no logra tapar.
Se habló de un modelo de “gestión sobre la base del orden”, pero se omitió un dato central de la realidad: Mendoza cerró el ejercicio 2025 con déficit fiscal, y ahí es donde empieza el problema, porque no es solo una cuestión técnica, es una cuestión de coherencia entre lo que se dice y lo que efectivamente pasa.
Esa inconsistencia entre el discurso y la ejecución presupuestaria pone en duda la eficiencia estatal que se pregona. Si el orden fiscal es la herramienta para cuidar a los mendocinos, como plantea el Gobernador, resulta difícil entender cómo, después de años de ajuste y presión impositiva sobre quienes producen y trabajan, la provincia vuelve a caer en el rojo. No es un detalle menor: es el corazón del modelo. Porque cuando el orden se convierte en relato y no en resultado, lo que se rompe es la confianza y sin confianza, no hay desarrollo posible.
Esa distancia entre lo que se anuncia y lo que se vive también se siente con fuerza en el sector productivo. El mensaje oficial habla de baja de impuestos y de devolver recursos a los contribuyentes, pero en las PyMEs lo que crece no es la inversión, sino la desilusión. Muchas empresas dejaron de pensar en expandirse o contratar más gente y pasaron a una lógica defensiva, de ajuste y supervivencia. Estamos frente a un estancamiento donde el pequeño y mediano empresario siente que el sistema ya no lo contiene, sino que lo empuja al límite.

Mientras tanto, se consolida un esquema desigual. Sectores concentrados acceden a beneficios directos o indirectos del Estado –como ocurre con regímenes específicos o incentivos para grandes inversiones-, mientras el comercio local, el industrial y el emprendedor cargan con el peso de sostener un modelo que no les devuelve en la misma medida. Es una transferencia inversa que termina profundizando las brechas en lugar de achicarlas, y que deja cada vez más lejos a quienes generan empleo genuino en la provincia.
A este escenario se suma un tema que condiciona todo lo demás: la institucionalidad. El Gobernador habla de credibilidad como llave para acceder al crédito, pero la credibilidad no se construye solo con números o discursos. Se construye con instituciones sólidas, con controles independientes y con una justicia que funcione sin interferencias. Cuando esos mecanismos se debilitan, el orden deja de ser garantía de equidad y empieza a parecer una estructura arbitraria, y ahí es donde la confianza se erosiona de verdad.
Gobernar no es solo anunciar obras futuras o celebrar indicadores puntuales, es hacerse cargo del presente, y hoy el presente muestra una Mendoza con déficit, con PyMEs golpeadas y con familias cada vez más ajustadas. El 14,5% de inversión en obra pública puede sonar significativo, pero resulta estéril si no se traduce en desarrollo real y en oportunidades concretas para toda la provincia.
Mendoza necesita algo más profundo que anuncios o relatos: necesita un nuevo pacto territorial que integre al 97% de su geografía que hoy parece quedar fuera del mapa de decisiones. Porque el verdadero cambio no va a venir de insistir con los mismos motores de siempre, sino de construir un modelo donde el crecimiento no dependa de la cercanía con el poder, sino del esfuerzo, la producción y la transparencia. Solo así se podrá transformar la desilusión en una expectativa real de futuro.



